Es libre el que hace lo que quiere; pero para poder hacer lo que se quiere, es preciso saber lo que se quiere hacer. Pero es preciso recordar que la libertad constituye el fundamento de la moralidad, ya que precisamente somos responsables de nuestras acciones porque somos libres.

El problema de los adolescentes de hoy es la falta de clarificación de los valores que existe en la sociedad. Antes la cosa era más sencilla, la felicidad consistía en que no faltara un pedazo de pan en la mesa, luego al salir de la escuela ya sabías si valías para estudiar o tenías que emprender el camino del trabajo, y en un futuro pensabas que con echarte novia casarte y formar una familia completabas casi todas las aspiraciones que podía tener un joven.
Sin embargo en qué consiste la felicidad; en el plano objetivo, no puede hablarse de vida humana lograda cuando no se tienen cubiertas mínimamente las necesidades biológicas, afectivas, intelectuales, volitivas (voluntades), etc
En el plano de la vivencia subjetiva de la felicidad, ésta se halla vinculada a que la persona encuentre sentido a lo que hace: tanto a cada uno de sus actos singulares como a la vida considerada en su conjunto, es decir, que pueda integrarlos en un proyecto vital al que también pueda atribuirle una significación.
Sin duda nuestros adolescentes tienen cubierto el plano objetivo con creces, la contrariedad se encuentra en sus vivencias subjetivas porque para la mayoría parece no tener sentido lo que hace, porque lo que hace le viene impuesto por una moral paternalista que decide lo que es mejor para esa mayoría de adolescentes. Su única obligación social es la de estudiar con la promesa incierta de que la formación les asegurará un futuro próspero. Pero los adolescentes no son ajenos a que hoy sobran jóvenes colmados de títulos que despachan en un cuartucho olvidado de cualquier empresa por el mísero sueldo de 1000 €. Son los mileuristas. Además la inmensa mayoría de los adolescentes se encuentran servidos por unos padres que no dudan en sacrificarse trabajando para darles todo lo que necesitan o les apetece. Es una manera igual que otra de materializar el amor que le tienen a sus hijos.
Los adolescentes de hoy en día ni son más tontos ni más listos que los de anteriores generaciones, simplemente se adaptan al medio. Desarrollan las habilidades que necesitan ¿o es que alguien duda de que son unos auténticos fenómenos en eso de las nuevas tecnologías? Si les hiciera falta sacarían el pan de debajo de las piedras, pero es que no lo necesitan porque se les proporciona sin que tengan que hacer ningún esfuerzo por conseguirlo.
Yo sostengo la tesis de que las personas somos máquinas de solucionar problemas y cuando no los tenemos, nos los buscamos. Por eso los adolescentes de hoy en día se rebelan ante la sociedad como se ha hecho siempre a sus años. Una manera patente de hacerlo es través de un movimiento social que se ha impuesto con fuerza como es el “botellón”. Analizar aquí las causas del mismo nos llevaría largo, pero quizá todo empezó como un rechazo hacía los precios de las consumiciones que se tomaban en los lugares de marcha que frecuentaban. Es sólo una conjetura, lo cierto es hay una rebeldía y esto es lo propio a su edad. No luchar contra lo establecido sería lo grave porque demostraría que esta generación estaría muerta socialmente. Con esto no vengo a decir que apruebo el “botellón”, al contrario lo deploro y para más prueba soy abstemio; lo que vengo a reflejar es que de toda circunstancia aunque sea lamentable se puede sacar su lado bueno. A mi juicio lo que habría que hacer, una vez valorado el fenómeno, es reconducir la situación y no hay otra fórmula que la de la educación.
Educación no es prohibir, está estrechamente vinculada al diálogo. Prohibir no sirve de nada cuando el contexto en el que se mueven los adolescentes les deja muy poco margen para negarse a aceptar el botellón como única forma de pasárselo bien. No se trata de darles pie a que beban sin más, sino de que sepan cuándo no tienen que beber más y con cuánto es suficiente para estar a tono. Nada sería lo ideal, pero seamos realistas ¿cuántos son capaces de rechazar la bebida? El alcohol es una cultura muy característica de nuestro país y las costumbres son difíciles de atajar. El ejemplo que les damos los adultos no es el mejor; cualquier padre identifica salir a tomar un aperitivo con tomar una caña o un vino. Los adultos deberíamos examinarnos más a nosotros mismos y después tratar de educar a los adolescentes pensando lo difícil y hasta lo excluyente que resulta para cualquiera de ellos rechazar una invitación que se les presenta tan atractiva.
En último punto dejo asimismo unas reflexiones ¿tienen nuestros adolescentes otra salida que la del botellón? ¿Es suficiente y asequible la oferta de ocio? ¿Es que la sociedad ha desistido y piensa que este es un mal inexorable de nuestro tiempo?
Son algunas de las cuestiones que nos servirían al tratar de educar a nuestros adolescentes si entablásemos un diálogo sincero con ellos. Sin embargo, seamos optimistas, la adolescencia es la etapa más corta de la vida del hombre y no es extraño de que todos tratemos de vivirla con intensidad, sólo que sería deseable que no nos quedáramos irremediablemente en esa etapa por no haberla sabido vivir con sensatez.
Pedro A. Martínez Simarro
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