El tiempo pasa de forma inexorable, y como decía un escritor, estamos perdidos en su inmensa playa, en la que somos un minúsculo grano de arena sometido al embate del océano.
Así, y tras cuarenta y cinco años dedicados a su trabajo en la notaría, Antonio Ramírez se nos jubila.
Antonio es un oficial de los que ya quedan pocos, de los de antes, de los de toda la vida, de los de raza. Él, y otros como él, comenzaron a trabajar en una época distinta. Una época en la que la forma de vida era otra y los valores eran otros. Una época de máquinas de escribir, de papeles de calco, de un teléfono (cuando lo había), de malas carreteras y peores caminos; una época en la que, si ya la tarea en la oficina podía resultar pesada y repetitiva, qué decir de las salidas a los pueblos… Pero una época que, los más jóvenes (quizá de manera equivocada porque no la hemos vivido), tendemos a considerar más romántica, porque nos da la impresión de que entonces, pese a todos los pesares, todas las incomodidades y todas las estreches, los oficiales erais más oficiales, y por tanto los notarios éramos más notarios. Y aunque no la hemos vivido, estamos seguros de que se respiraba otro ambiente en los despachos.








