Los cielos se abren cuando tú apareces
así resuelta con ese aire de soberana
como si fueras la dueña y señora de todo.
La luz con que la casa se ilumina
cuando llegas de pronto tan contenta
demuestra que las cosas necesitan de ti
acaso como yo requiero de tu presencia,
de la seguridad de tu palabra,
del sobrado valor que tu me infundes,
para que aflore en mí la inspiración.
Cuando tu estás todo es extraordinario;
la lumbre, ese carmín rojo pasión
que maquilla la lóbrega boca del hogar,
parece un misterioso y placentero crepúsculo,
y el silencio es la paz a la que aspiro
cuando siento la tierra hundirse bajo mi planta
y entonces tu me entiendes tan sólo con mirarme.
Te bastas a ti misma y esa seguridad
es lo que siempre me hace sentirme protegido.
Eres como una pródiga marea
porque me anega el modo en que me quieres,
sin embargo me encuentro desnudo si no insistes
como cuando amanece en la arena de la playa
y se recoge la colcha de agua que la arropa.
Eres como un volcán en erupción
porque me abrasa tu fuerte carácter
y sin embargo me quedaría como un témpano
si me faltara tu virtuosa fuerza,
como si de ti, tal vez, manara el combustible
que mantiene encendida la llama del amor.
Y es que si ando no es porque tengo unos buenos pies
que abarcan cada día la tierra con sus pasos,
o porque se erige un cuerpo sobre ellos
con el ánimo justo para hacerles andar,
sino porque poseo un alma dispuesta
que sólo se estremece si eres tu quien la impulsa.
P.A.M.S







