Plaza Mayor

 
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HABLAMOS CON. Número 106

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Como cada número de Plaza Mayor, nos reunimos para decidir los contenidos de este periódico. Para este número teníamos pensado realizar la entrevista de la sección “Hablamos con” a Joaquín Salvador, pero lamentablemente no llegamos a tiempo porque nos dejó a las pocas semanas.Vayan desde aquí estas palabras en su memoria y con nuestro apoyo y cariño a su familia y amigos.  

 A JOAQUÍN SALVADOR CEBRIAN

  Detrás del nombre de La Roda hay un sinfín de gente que lo sostiene y que le da grandeza construyendo día a día su historia con su trabajo, personas que no ocuparán ningún panteón de hombres ilustres porque para ello sería necesario todo el cementerio. Si hay entre esta gente un hombre que representa un paradigma del esfuerzo por construirse a sí mismo, por mantener y acrecentar una empresa heredada que une tradición y modernidad, y con todo ello ensanchar la fama del pueblo, basada en su prosperidad, en su agricultura, su industria, su servicio al turista de paso... este es Joaquín Salvador Cebrián. 

Quienes desafortunadamente hemos perdido la figura del padre demasiado pronto, sabemos que son muchos los que intentan apadrinarnos, pero este apadrinamiento es a menudo ficticio e interesado en casos como le ocurrió a Joaquín donde hay un patrimonio detrás. Así se forja un hombre a cuya persona a veces en la soledad de la jefatura sólo le restaba el carácter para hacer frente a las dificultades de la empresa. Sin embargo estas circunstancias son las que le hicieron agudizar otras cualidades y le llevaron a ser más selectivo a la hora de rodearse de gente; amigos, compañeros y empleados, dispuestos a entregar toda una vida de servicio y aprecio a un hombre que no dudaba en dar lo mejor de sí a todo aquel que le fuera leal. Desarrolló características propias de hombres inteligentes como la intuición para conducir su bodega sin dejarse llevar por vanidades que marcaban los tiempos, pero con el suficiente impulso para no dejarla estancada. Tenía la perspectiva de un buen empresario y así convirtió un negocio tradicional, la industria más antigua de La Roda, en una empresa de futuro capaz de vadear las crisis que han surgido al cabo de estos años. 

No obstante si de patrimonios hemos de hablar el de él era su cultura y memoria; inteligente para conocer a la mayor parte de las familias del pueblo, sus orígenes y antepasados. Esta era una de las particulares que le valieron para erigirse como una especie de juez de paz o mediador en asuntos relacionados con tierras, particiones u otros asuntos. 

 El amor por su pueblo era innegable y lo sentía más aún porque conocía cualquier pormenor de su historia y de su intrahistoria. Era el espíritu intelectual de una generación de personajes que representan la postmodernidad y la esencia cultural  de La Roda, encabezados por Francisco Canales, Adolfo Martínez, Ángel Aroca y otros tantos amigos incondicionales de Joaquín.Personaje conocido, admirado y respetado dentro y fuera del pueblo. Recuerdo una anécdota ocurrida cuando lo acompañé al entierro de un bodeguero de un pueblo de Cuenca, llegamos de los últimos a la iglesia y nos colocamos al final. El templo estaba a rebosar, poco a poco la gente fue dejando de centrar la atención en la misa para acercarse a él y hacerle un gesto de agradecimiento por su presencia. Aseguro que al final pasó casi tanta gente a saludar a Joaquín como a dar el pésame a la familia del difunto. Tenía esa aura especial que tienen los grandes hombres a los que se le acerca la gente como si tuvieran imán. 

Si bien su verdadera fortuna la componía su familia. En primer lugar su mujer que no dudó en aparcar su carrera de magisterio por su auténtica devoción que era la educación de su familia. Después sus hijas que son un ejemplo de sensatez, prudencia y belleza manchega con esa mezcla murciana heredada de su madre que tan bien las identifica. 

Si de algo puede estar orgulloso este hombre al que homenajeamos, es que todo lo construido está asegurado por personas que no cejarán en el empeño de engrandecer su obra y con ella acrecentar la fama de este pueblo grande por el espíritu humano que la sostiene. Pero toda la envergadura de la persona de Joaquín, su humanidad, su amistad, su familiaridad, su coraje, su esfuerzo, su templanza, su inteligencia... es algo que quedará para quienes lo hemos conocido en profundidad, como un tesoro que llevaremos siempre con nosotros y nos hará mejores personas, porque sólo imitando a quienes merecen ser queridos podremos alcanzar la dignidad a la que aspiramos.

 Su responsabilidad le exigía cumplir un último deber; el de reunirse con el hijo amado: la fe de los suyos hará que ambos velen desde el cielo por todos sus seres queridos.

Descanse en paz este hombre justo; A nuestro jefe, compañero y amigo siempre Joaquín Salvador Cebrián.

                                                                                                                              Pedro A. Martínez Simarro.

Actualizado ( Domingo, 25 de Julio de 2010 23:38 )  

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