LA CONSERVACIÓN DEL CAMINO ROMANO (por Adolfo Martínez García)
Flaco servicio haríamos a la cultura y a la historia si cualquier persona que descubriera en el campo una tumba antigua o vestigio ancestral lo excavara personalmente buscando un posible botín o la egoísta recompensa cultural a su curiosidad. Por ejemplo, como todavía existen restos de calzada romana en las proximidades de nuestra población, podríamos tener la tentación de investigar “in situ” sobre la técnica antigua empleada en la construcción de la vía empedrada y siguiendo nuestros impulsos tener la osadía de utilizar pico y pala por cuenta propia para remover los escasos restos de este milenario camino. Camino popularmente conocido como “Camino de los Romanos” y que realmente fue la importante vía romana “Complutum-Cartago Nova” (Alcalá de Henares-Cartagena). Todos sabemos que deben respetarse sus piedras y su trazado, aunque éste ha sido dañado varias veces a través de la historia por personas con propiedades colindantes que le arrancaron impunemente algunos metros de su anchura.
Antes, con los pobres medios de los que disponían sus vecinos, como viejos arados, azadas y picos, le levantaron sus losas. Basta recordar las palabras escritas sobre este camino en los alrededores de La Roda y en el año 1897 por el escritor y arqueólogo J. Santa María en su trabajo “Itinerarios romanos en la provincia de Cuenca” ( publicado ese año en el Boletín de la Real Academia de la Historia):
“…he visto un pequeño trozo de camino empedrado, que los labradores levantaban con la reja del arado, auxiliados de azadas, separando la piedra caliza con la que estaba afirmado…”.
También, en tiempos más modernos, empleando los potentes tractores se ha seguido mutilando impunemente esta antigua vía de comunicación. Prueba de ello son las enormes piedras que de vez en cuando se observan en los majanos de sus lindes mostrando perfectamente una línea de frontera entre la coloración negruzca por estar tanto tiempo a la intemperie, con otra parte blanquecina que ha estado enterrada durante siglos; y siempre esta segunda parte es mucho mayor en dimensiones respecto a la primera; lo que demuestra lo bien enterradas que ponían las piedras de los bordes entre las que encajaban las losas superiores. Sin embargo, a pesar de tantas vejaciones recibidas a través de los siglos, también hay que reconocer la protección que le brindan en ciertos parajes los agricultores linderos, que lo respetan, como vemos en algunas fotografías que publicamos en las que se aprecia que no tocan los bordillos al labrar sus cercanías.
Por mucha que sea la curiosidad de cualquier persona aficionada a la arqueología, no debe ponerse a cavar el camino para comprobar cómo lo hicieron, buscar sus posibles losas ocultas o perdidas monedas antiguas. Sin embargo, es anecdótico y casual apuntar que, sí ha sido posible curiosear en la técnica constructiva empleada por los antiguos en esta calzada, gracias a la labor de otros seres vivos ajenos a cualquier legislación y normas de conducta: ¡a los conejos!
Estos roedores siempre han sido importantes protagonistas en nuestras tierras, pues por su extremada abundancia ya los romanos pusieron a nuestra Patria el nombre de “Hispania”, queriendo significar “tierra de conejos”. Curiosamente, por el año 200 antes de Cristo, el poeta romano Quinto Ennio dejó escrito por primera vez en la historia esta significativa palabra, “Hispania”, refiriéndose a la actual “Península Ibérica”.
Desde hace un par de años, estos lepóridos, al haber vencido sus dos principales enfermedades después de varias décadas de contagios mortales, nos están volviendo a recordar con su numerosa presencia el justificado origen del nombre del país. Dando un paseo por el campo el lector podrá observar, especialmente en los terraplenes de las vías del ferrocarril, del trasvase y de los puentes de la autovía, la multitud de agujeros creados, ya que son las bocas de sus madrigueras en donde se guarecen cientos de ejemplares y que al anochecer salen a corretear a sus anchas devorando las siembras sin piedad. Por supuesto que son el objetivo casi constante de los cazadores intentando regularizar su número en unas cantidades que no dañen significativamente a los agricultores. Pero su potencial de excavación es más poderoso de lo que pudiera creerse y es precisamente por esta “virtud zapadora” por la que han despertado ahora más mi atención, al horadar claramente en esta única obra de origen romano que todavía perdura en La Roda, dejando al descubierto las técnicas de ingeniería empleadas en su construcción..
Hace varios meses que empecé a apreciar “los escarbados” bajo los escasísimos restos de uno de los bordillos de la famosa calzada. Seguramente que por la acción del tiempo y acumulación de tierras, las grandes piedras clavadas verticalmente para conformar los bordes de esta antigua vía apenas mostraban superficialmente unos centímetros de altura, menos de la cuarta parte de su verdadera magnitud; pero ahora, han quedado algunas totalmente al descubierto, enseñando su profundidad en la caja del camino al que guían increíblemente recto con una orientación admirable y constante de 340º NO y 160º SE. Como hábiles arqueólogos los roedores también han sacado algunas hendidas piedras horizontales en las que se aprecia pegada la argamasa del mortero romano de cal y arena que se conglomeraba con guijarros y piedras pequeñas formando la base de la caja sobre la que irían las grandes losas superficiales, hoy ya inexistentes en el paraje que comento, o tal vez ocultas por encontrarse muy enterradas.
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